Seguir después hacia tu ombligo, hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo, irte besando, mordiendo, hasta llegar allí, a ese lugarcito -apretado y secreto- que se alegra ante mi presencia; que se adelanta a recibirme y viene a mí en toda su dureza de macho enardecido.
Bajar luego a tus piernas firmes, como tus convicciones guerrilleras, esas piernas donde tu estatura se asienta, con las que vienes a mí, con las que me sostienes, las que enredas en la noche entre las mías blandas y femeninas.
Besar tus pies, amor, que tanto tienen aun que recorrer sin mí y volver a escalarte hasta apretar tu boca con la mía, hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento hasta que entres en mí, con la fuerza de la marea y me invadas con tu ir y venir de mar furioso y quedemos los dos tendidos y sudados en la arena de las sábanas.


